Y ME ENAMORÉ DEL MAR
En
un pequeño pueblo del Pirineo Aragonés a las orillas del Cinca, de cuyo nombre
ni quiero, ni puedo olvidarme, “MEDIANO”, hace ya mucho..., mucho tiempo, por
Primavera, bajaban los nabateros, y en un remanso junto al pueblo, en la
chopera donde bajaban a lavar ropa las mujeres, donde los pastores traían sus
ganados a abrevar, donde se sumergían los cestos de mimbre llenos de olivas
para su curado, donde se pescaba la trucha, que junto con las sardinas de cubo
era el único pescado que allí se comía, donde se hacían las meriendas para las fiestas
de verano, allí cerca ya del Entremón, donde se estaba construyendo “La Presa”,
donde las montañas angostaban al Cinca y este se revolvía embraveciendo sus
aguas, donde aprovechando la cercanía de las dos orillas, el Puente del Diablo
las unía..., allí en “La Chopera”..., recalaban los nabateros para recomponer
sus nabatas y acopiar madera.
Solían
estar uno o dos días, eran gente de Laspuña y Puyarruego, con muchas historias
y vivencias adquiridas río arriba, río abajo, y allí bajábamos “os ninones”
(los críos) a curiosear y sobre todo a escuchar aquellas historias que
contaban.
Bajaban
la madera al ferrocarril, a Monzón, pero algunos viejos contaban que antes
bajaban hasta el Ebro, allí se encontraban con los almadieros del valle del
Roncal, y juntos, Ebro abajo, llevaban la madera hasta Tortosa, hasta “EL MAR”,
(la almadía era lo mismo que la nabata, pero en Navarra la llamaban así).
El
MAR, que maravillosa palabra, allí entre las montañas sonaba como a espacio
infinito; en la escuela, el maestro nos había contado como era el mar y los
barcos, pero no me había llamado la atención, en cambio contado por aquella
gente, era emocionante; el mar, era como el Cinca pero muy grande, la otra
orilla está tan lejos que no llega la vista, las montañas del otro lado no
llegan a verse, solo se ve agua y cielo, hay barcos muy grandes como casas
flotantes y olas enormes que se tragan a la gente. Aquellas historias producían
en mi imaginación infantil tal inquietud, que no podía dejar de pensar en ello,
una obsesión se apoderó de mí, quería ver el MAR, me imaginaba una inmensa
corriente de agua y yo navegando en una enorme nabata, con una casa construida
sobre ella, retorciéndose sobre las olas, como las nabatas por los rápidos, y
gente cayendo al agua, tragadas por las olas, como cuando algún nabatero caía
al agua en los rápidos y era tragado por los remolinos. Para mí el mar era un
inmenso Cinca.
Sin
darme cuenta, me había enamorado del mar, quería verlo, conocerlo, fue la
primer obsesión de mi vida, a todo el mundo preguntaba por el mar, esperaba al
año siguiente la bajada de los nabateros, de aquellos navegantes del río, para
escuchar sus aventuras.
La
primavera siguiente llegó y con ella los nabateros, y corrimos “os ninones” a
verlos, estaban preocupados, era el primer grupo del año y se encontraban ante
el Entremón, debajo del Castillo de Samitier, las obras de “La Presa” hacían el
rápido mucho más peligroso, no se podía pasar, decidieron desarmar las nabatas,
y soltar la madera para recogerla aguas abajo, pasados los rápidos, en el
remanso de Ligüerre y allí volver a construir las nabatas. Los grupos
siguientes vinieron preparados, desarmaban las nabatas en la chopera y las
cargaban en camiones. Ese año no hubo risas, ni canciones, ni historias,
estaban preocupados, bajar la madera solo hasta allí no era rentable, el fin de
los nabateros del Cinca había llegado. Y así fue, ya no volvieron a aparecer
los nabateros.
Este
triste acontecimiento no me hizo olvidar mi obsesión, al contrario, ya no
quería que nadie me contara historias del mar, quería verlo, sentirlo,
comprobar de primera mano todo aquello que yo imaginaba, y ese día había
llegado, mis padres nos llevaban a los seis hermanos a pasar unos días al mar.
Recuerdo aquel viaje como ir al fin del mundo, digno de las aventuras que
aquellos nabateros habían incrustado en mi imaginación. El coche de línea hasta
Barbastro, allí en “La Burreta”, así le llamaban a un pequeño tren que te
llevaba hasta Selgüa, donde enlazaba con la línea de Zaragoza, y de allí a
Zaragoza donde hicimos noche, al día siguiente al tren de nuevo, dirección
Barcelona vía Caspe, el tren recorría la orilla del Ebro y desde la ventanilla
iba imaginando las historias de aquellos nabateros por aquellas vueltas y
revueltas del río. De vez en cuando un túnel me hacía despertar de aquel
ensimismamiento, había que subir las ventanillas para que no se llenase de humo
y carbonilla. En Mora el tren se alejaba del Ebro y se dirigía hacia Reus, allí
transbordo, otro trenecillo que me recordó “La Burreta”, pero eso sí, mucho más
bonito y moderno, nos llevó hasta Salou. Era de noche cuando llegamos, ¡qué
valor el de mis padres!. Seis hijos pequeños, cargados de maletas, dos días de
viaje, y al llegar todos gritando “a casa no, a ver el mar”. Aquel largo viaje
había aumentado la impaciencia por verlo, algo muy especial tiene que ser para
haber hecho tan largo viaje, como íbamos a ir a casa y dejarlo para mañana,
imposible.
Salou
por aquel entonces era un pueblo, aún había pescadores con sus barcas varadas
en la playa, de la estación al mar no habría más de 300 m, mis agotados padres
no pudieron resistirse, y con maletas y todo nos dirigimos al mar.
Mi
corazón se aceleró, había llegado el momento, era una noche de Septiembre,
hacía levante, el mar estaba revuelto, a medida que nos acercábamos a la playa,
por aquel entonces silencioso Salou, se comenzó a oír un rumor, mi padre dijo
“escuchar, ya se oye el mar”, paramos atónitos a escuchar. Un golpe seco daba
paso al crepitar de una cascada que se extinguía poco a poco, y de nuevo el
golpe seco y la cascada, una y otra vez, ojos y boca abierta en los más
pequeños, casi sin respirar, alguien gritó “vamos”, y salimos de estampida
dejando a mis padres con todas las maletas, cruzamos una calle ancha, el Paseo
Marítimo y nos metimos en la arena, estaba muy oscuro, casi negro, una espuma
blanca iba y venía, seguimos corriendo hasta llegar a la arena dura y mojada de
la orilla, paramos todos en perfecta formación, nadie se movía, nadie hablaba,
recuerdo el fondo oscuro, no veía que podía haber al otro lado. Cerca de la
orilla, una montaña de agua se levantaba y caía dando un gran golpe, luego como
un torrente de espuma corría hasta la orilla y subía hacia mí como intentando
cogerme, perdía fuerza y regresaba al mar, y así una y otra vez. Aquello no se
parecía en nada a lo que yo había imaginado, comenzaba a sentir una sensación
de vértigo, la misma que cuando al cruzar el puente del Diablo en el Entremón,
y me encaramaba al grueso murete de piedra a modo de barandilla, sentía en mi
interior al ver pasar el Cinca por debajo, desde aquella enorme altura, aquella
corriente me llamaba, sentía que quería tirarme, y al final huía de miedo,
pensando que si hubiese seguido allí me hubiese tirado, a pesar de todo siempre
que pasaba volvía a encaramarme al murete. Esa misma sensación sentía allí, las
olas me llamaban, querían que entrase, y ser devorado por aquella enorme
montaña de agua al caer, el ruido seco del golpe, cada vez me parecía más
fuerte, se me estaba haciendo insoportable, estaba sintiendo el mismo sudor
frío del puente del Diablo, estaba a punto de huir, cuando la voz de mi madre
sonó preguntando, “¿qué os parece?”. No sé que estarían pensando mis hermanos,
pero allí estabamos todos petrificados, en perfecta formación, aquella voz fue
como un “rompan filas”, los más pequeños se agarraron a su falda, los mayores
retrocedimos y empezamos a correr por la arena seca junto a las luces del Paseo
Marítimo, mi padre desde el otro lado del Paseo, rodeado de maletas, nos gritó
“vamos a casa, mañana vendremos a bañarnos”.
Aquella
noche no podía dormir, intentaba recomponer todo lo que yo había imaginado, el
mar no era como el Cinca, el agua no corría por la orilla, iba y venía como intentando
coger carrerilla para salir del mar y anegar la tierra, estaba muy oscuro,
quizás la corriente estaba más adentro, aquella visión nocturna del mar, en vez
de aclarar mis ideas, llenó mi cabeza de temores y confusiones, deseaba que
amaneciese para ver que era aquello de verdad, pensaba lo que había dicho mi
padre, “mañana nos bañaremos”, y aunque imaginaba la ola engulléndonos a todos,
estaba seguro que mi idea del mar estaba totalmente equivocada, mi padre no
podía llevarnos a semejante peligro.
Al
final debí quedarme profundamente dormido, recuerdo que cuando nos despertó mi
madre, era media mañana, bajamos a la playa y por fin me enfrenté al mar cara a
cara, las olas eran más pequeñas que la noche anterior, el agua estaba muy
tranquila hasta donde alcanzaba la vista, era cierto, la otra orilla no se
veía, el cielo se juntaba con el agua, ¿quién sujetará el agua por el otro
lado?. Si no hay orilla, ni presa, el agua se saldrá, si no hay corriente,
¿quién empuja las nabatas de un sitio a otro?. Tímidamente entramos en contacto
con el agua, con las olas, de pronto casi vomito, ¡el agua está salada, muy
salada, no se puede beber!. Mi idea del mar se desmoronó, las historias de los
nabateros eran mentira, me encontraba como perdido, necesitaba imperiosamente
recomponer aquello, años soñando con el mar y ahora todo se venía abajo.
Pronto
descubrimos una especie de nabateros que con sus barcas salían todos los días a
pescar, cuando regresaban acudíamos a empujar las barcas para sacarlas a la
arena, intentaba escuchar sus historias pero no entendía lo que decían,
hablaban catalán me dijo mi padre. Imagino que, aunque les debíamos estorbar
más que ayudar, les hacíamos gracia, pues un día nos llevaron en la barca.
Fuimos mar a dentro muy lejos, pasamos cerca de un barco de vela, como los que
veía en los dibujos y nos explicó que no se movía por motor como la barca, que
se movía empujado por el viento, y que iban de un lado a otro recorriendo el
mar. Aquello me volvió a sonar a nabateros, aquí las corrientes no son de agua,
son de aire, pero también te llevan de un sitio a otro, quizás no fueran tan
mentira aquellas historias, quizás no supe entender lo que de cierto había en
ellas, ese mundo de aventura, de naturaleza, de libertad, de espacio, de
tiempo.
Pasaron
los días, y recuerdo que de regreso al pueblo, y tras aquel imborrable
encuentro con el mar, seguí soñando con él, con viajes en aquel velero de un
sitio a otro, con tempestades y peligros, con lugares y gentes desconocidas. El
maestro en la escuela nos contó el descubrimiento de América, y ahora si me
llamó la atención, y soñé que era Cristóbal Colón en La Santa María. Mi pasión
por el mar ya nunca se apagó, leí, estudié, volví siempre que pude, y soñé . .
., y soñé . . ., y soñé . . ., y en mis sueños siempre recordaba a aquellos
nabateros del Cinca, que con sus historias me enamoraron del MAR.
Muchos
años después, cuando por fin se pudieron hacer realidad algunos de mis sueños,
y pude disfrutar de la inmensidad del mar, recordé a mi río abriéndose paso
entre las montañas, amordazado por los pantanos, y cuando pude tener un velero,
como el que vi en mi primer salida al mar, en su memoria y como agradecimiento
por aquellos felices años de la infancia, por tantas vivencias a su orilla, le puse
por nombre CINCA.
En
la actualidad y como tradición, por Primavera, bajan dos nabatas desde Laspuña
hasta L’Ainsa, desde aquí hasta la presa el agua lo inundó todo, el pequeño
pueblo del Pirineo Aragonés, la Chopera, el Puente del Diablo...., pero en mi
recuerdo siempre permanecerán vivos, jamás podré olvidar, ”cuando yo era
pequeño en MEDIANO”.
Zaragoza,
15 de Marzo de 2006
José
Manuel
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