sábado, 12 de noviembre de 2016

LA CORAZA PROTECTORA




Los recuerdos de la infancia, siempre son tiernos y agradables, pues el subconsciente hace que los malos ratos se olviden pronto, o incluso que esa imaginación infantil, no llegue a comprender el dramatismo de esos momentos malos. Eso hace que uno recuerde la infancia, siempre con la añoranza de tiempos mejores, aunque en realidad no lo fuesen tanto. Un ejemplo servirá para aclararlo; en aquel pequeño pueblo del Pirineo Aragonés, donde me crie, a una determinada edad, 8 o 9 años, después de hacer la primera comunión, pasabas a ser monaguillo….. monaguillo de los de verdad, con la misa en latín, y entre otras cosas aprendías a tocar las campanas, dos, una grande y otra pequeña, algo complicado, pues recuerdo que eran 7 u 8 toques distintos. Normalmente alguien se acercaba a la escuela de los chicos, donde estábamos todos juntos, desde 5 a 14 años y le cuchicheaba algo al maestro, y este nos mandaba a los monaguillos, 2 o 3 acompañados de algún mayor, a la torre a dar un toque determinado. Íbamos corriendo, conscientes de nuestra responsabilidad, se nos encomendaba transmitir una noticia al pueblo. Recuerdo un toque “mortijuelo”, era parecido al de muerto, pero algo más rápido y alegre. En aquel pequeño pueblo, ese toque suponía que un determinado niño, “el crío de casa tal, había muerto” pues era para críos menores de 6 o 7 años, que no habían hecho la primera comunión, y de esos no habría más de una docena en todo el pueblo. Ahora, el hecho me parece dramático, pero en aquel entonces, no recuerdo el más mínimo sentimiento de tristeza en ninguno de los 3 o 4 que corríamos a la torre, a dar el toque.

¿Y esto a que viene? te preguntarás, pues a que la vida en aquellos montes y en aquellos años no tenía tanta importancia como le damos ahora, la vida era difícil y dura, muy dura, y lo había sido durante siglos, tanto que cualquier motivo era bueno para salir a buscar la vida fuera, aun a riesgo de sus propias vidas, pero la mentalidad infantil hacía que los malos ratos pasaran rápido y la alegría brotara nuevamente.

El paso de los años, te hace comprender, que un momento determinado de tu vida, del que no recuerdas como especialmente malo, debió ser terrible o incluso dramático, y que solo con el paso de los años, intuyes la gravedad del momento, aunque el subconsciente nunca acepta ese recuerdo como especialmente malo o duro, es como si una coraza protegiese a la infancia de ese sufrimiento, y me alegro que así sea.

18/08/2010, José Manuel.

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