Hace
algún tiempo, en la punta del Delta, me cruce con un patín catalán, sí, de esos
que no llevan ni timón, ni orza, lo gobierna un solo tripulante dando saltos de
un lado a otro del patín. El puerto más próximo estaba a 10 mn y claro está que
es un patín, y que tiene toda la arena del mundo a trescientos metros, y que
cualquier ventolera de las que aquí se forman, la puede resolver saliendo a la
playa, pero por bien que se le diesen las cosas, sus seis horas de navegación,
saltando de un lado a otro, no se las quita nadie antes de llegar a puerto.
Suelo
navegar en solitario, y aunque me gusta gobernar a mí, y no que lo haga el
piloto, este encuentro alteró mis pensamientos.
Le
saludé con la mano, y él me devolvió el saludo, sí, con la mano, todavía le
quedaban manos libres para saludar.
Volví
la mirada a mi barco, y me di cuenta que estaba lleno de cacharros,
informaciones digitales y analógicas, que gobernaban el barco, y me sonrojé,
sí, me dio vergüenza, instintivamente intenté taparlo para que no lo viera, que
tontada, a la distancia que nos cruzamos es imposible que lo hubiese visto, y
él sabe que cualquier barco de este tipo, lleva toda esta cacharrería o más.
Normalmente
cuando regreso a puerto, y más si es después de varios días de navegación,
llego a la misma bocana con las velas desplegadas, como un pavo real,
devolviendo el saludo a los que me saludan, como diciendo “aquí llega el señor
de los mares”.
Pero
este encuentro me hizo sentir empequeñecido, sentí que él era el señor de los
mares, y yo el de la barquita que sale a pescar, o a darse un chapuzón en la
cala de al lado.
Sí,
a pesar de navegar a vela, esto ya casi no es navegar, creo que somos meros
pasajeros, como el que sube a un taxi y dice “lléveme a tal sitio”.
No
estoy en contra de la electrónica, al contrario, pero últimamente abuso
demasiado de ella, en navegadas a las islas tengo que volver al cuaderno de
bitácora e ir apuntando la posición cada dos horas y comprobando con el GPS si
es correcta con la derrota calculada.
Este
verano, en una visita relámpago al Duque de las Pitiusas, todos los GPS de a
bordo dejaron de funcionar en el mismo momento (incluyendo el del móvil había
cuatro) y me acordé de cuando cada dos horas apuntaba la posición, incluso la marcaba
con lápiz en la carta, a los pocos minutos volvieron a funcionar todos los GPS,
menos el del barco que hubo que configurarlo por haber perdido la fecha.
14/08/2016, José Manuel
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