Uno
ha llegado a esa edad en que comienza a pensar en el testamento, es decir…, en
que la vida tiene un principio y un final, y no es que uno piense en que el
final está próximo…, no…, todavía no…, pero si que ha vivido suficiente como
para ir atando cabos.
Uno
ha plantado varios árboles; ha tenido varios hijos, incluso varios nietos; pero
lo del libro…, para mi han sido un almacén de conocimientos, donde aprender, o
buscar soluciones a cuestiones técnicas, y creo que no van por ahí los tiros.
No
pretendo escribir un libro…, no sabría…, pero…, “Pasa la vida”, y a su paso va
dejando estelas de emociones que la van llenando, las amargas se olvidan
pronto, y solo las dulces van quedando, pero nunca llega uno a acostumbrarse, y
el paso de la vida, te hace cada vez más emotivo, no se si es este el motivo,
pero cada día, me es más difícil, no derramar una lágrima en según que
momentos. Esas emociones son el poso…, la esencia de la vida de cada cual, casi
diría que el motivo de nuestra existencia, y me gustaría dejarlo como
constancia de que yo así lo sentí, no se si eso es un testamento, pero necesito
contarlo.
Estabas
allí…, como siempre…, en tu cocina…, que era tu cuarto de estar…, donde igual
hacías un dulce, que estudiabas inglés, que pegabas fotos en los álbumes,
que...
Estabas
allí…, con nuestros nietos…, contándoles tus historias inventadas. Daniel
escuchaba, y en su rostro se dibujaba momento a momento, todas las emociones
que tu historia le transmitía. Álvaro escuchaba, y en su rostro se dibujaba esa
atención, de quien quiere captar todo lo que escucha, que no se le escape nada,
esa tensión del perro de muestra ante la pieza, captando cualquier sensación
sin mover ni un músculo.
Estabas
allí…, con Antonio…, dándole de comer esa papilla de verduras, que ningún niño
quiere comer, y que solo tú sabes hacer que les guste.
Estabas
allí…, y esa imagen me produjo una sensación de plenitud…, de satisfacción…, de
trabajo realizado…, de llagada a la meta…, y por un momento me quedé
contemplando…, disfrutando…, con el gozo contemplativo del artista ante su obra
recién acabada, y por un instante desfilaron por mi mente, como quien hojea un
libro, todos esos momentos, que durante estos cuarenta años vividos juntos, nos
han traído hasta aquí.
Recuerdo
aquel día, con aquella media melena morena; con aquel vestido de talle
ajustado, a rallas blancas, azules, y verdes; aquel bolso, casi canastilla azul
y blanco. Habíamos pasado unos días separados, y volverte a ver… ¡que bonita
estabas! fue como un arrebato de emociones, han pasado cuarenta años, y todavía
se me eriza la piel, gracias por haberme acompañado, por lograr que la vida
pase por mí, por haberla disfrutado a tu lado.
Te
quiero, María José.
Zaragoza,
7 de Agosto de 2007
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