NOCHE DE SOLEDAD
Eran
algo más de las nueve de la noche, quizá fuese más apropiado decir de la tarde,
pues el sol estaba en su ocaso, una preciosa puesta de sol de principios de
Agosto, con el contraluz lejano de las Columbretes.
Había
navegado todo el día de ceñida, con un gregal de algo más de 15 nudos, y una
mar de fondo del NE algo crecida, era de esos días que se goza navegando, pero
que hay que estar navegando, es decir atento, sin relajarse mucho, negociando
cada ola, de esos días en que algunos ridículos, dicen que les hablan sus
barcos..., hay gente para todo.
El
viento había comenzado a amainar, esto hizo que me relajara, que sin quererlo
fuese buscando una postura cómoda, que mi mente comenzase a dejar de estar
allí, a pulular libremente, y empezase a dar alguna cabezada, no comprendía por
qué tenía tanto sueño, pues aunque era el cuarto día de navegación en
solitario, la noche anterior había dormido bien, amarrado en Sant Antoni de
Portmany, después de una buena cena con unos amigos.
Tenía
previsto hacer noche en Columbretes, y su vista a lo lejos, me sacó de mi
sopor. Un pequeño cálculo me hizo comprender, que aún a motor, no llegaría
antes de las once, y éstas si serían de la noche, pues había luna nueva y la
noche sería oscura. Puse el motor en marcha, trimé de nuevo las velas, y
conforme oscurecía y me acercaba a Columbretes, comencé a planificar el fondeo.
Con mar de fondo del NE, dentro del cráter se estaría mal, pero buscar las
boyas de fuera a oscuras, no me convencía en absoluto, así que decidí fondear
dentro, pues estas boyas son más fáciles de localizar.
Pasadas
las once estaba ante la entrada a puerto Tofiño, así se llama esa especie de
herradura volcánica. La oscuridad era casi total, cada giro del faro producía
un leve resplandor, no había nadie fondeado, al menos con la luz de fondeo o
alguna otra luz encendida, y en estas fechas, eso significaba que la mar de
fondo les había hecho salir a fondear fuera, o volver a tierra. Decidí entrar
por el lado de estribor, pues aunque estaba más oscuro, no existe ninguna roca
con la que tropezarse, como sucede en el otro lado, además la espuma blanca de
las olas, al romper contra las rocas, era visible, y servía de referencia para
la distancia a la que podía acercarme.
Lentamente
me adentré en aquella oscuridad, pero recorrida la mitad del cráter, aún no había
visto ninguna boya, estaba seguro que al menos dos debían haber pasado, así que
conforme avanzaba me fue invadiendo la angustia. Por fin la luz de la linterna
descubrió una boya a proa, puse punto muerto, y corrí con el bichero antes de
que pasara de largo. Al sujetar la gaza, el tirón y un traspiés inoportuno,
estuvieron a punto de hacerme caer al agua, por lo que con el corazón a punto
de estallar y la respiración entrecortada, intenté relajarme un poco,
tumbándome panza arriba sobre cubierta. Poco a poco, la luz del faro dando
vueltas, y el cielo tan lleno de estrellas, como en pocos lugares puede verse,
lo fueron logrando.
La
tranquilidad duró poco, pues la boya comenzó a golpear el casco, me incorporé,
largué un poco más el cabo, y aseguré el fondeo, preparé algo que comer, y
mientras cenaba balanceándome de un lado a otro, comencé a sentir una especie
de soledad. Allí, dentro de aquel cráter, tan oscuro, sin nadie alrededor, con
el barco dando bandazos, y las olas rompiendo contra la pared de lava a menos
de treinta metros, hacía que el ambiente fuese algo tenebroso, ni siquiera se
escuchaban las gaviotas, que como en otras ocasiones, con su voz chirriante y
gimiente, parecen niños llorando..., aunque bien pensado, quizá hubiese sido
peor escuchar esos gemidos.
Antes
de acostarme, largué un poco más el cabo que me sujetaba a la boya, pues aquel
pelotón de plástico volvía a golpear el casco. Recordé que por estas fechas,
siempre se veían esas lucecitas verdes fosforescentes, del plancton junto a la
popa del barco, pero hoy ni eso..., alumbré con la linterna, y vi el agua muy
revuelta, con muchas algas, incluso algún plástico ensuciando su transparencia,
decidí acostarme, pues estaba claro que no era mi noche.
Unas
horas antes me caía de sueño, y ahora me era imposible conciliarlo. Sentía una
sensación incómoda, difícil de explicar, no era miedo, ni ansiedad, ni
inquietud, ni..., definitivamente era soledad. Intenté oír el crepitar de las
castañuelas, seguro que ellas estaban allí abajo, pero tan solo se escuchaba el
mar rompiendo contra las rocas.
No
se si al final llegué a dormirme, pero de nuevo el golpe del pelotón contra el
casco me sobresaltó. Me levanté, y las olas rompiendo contra las rocas me
parecieron mucho más cerca, instintivamente puse el motor en marcha, pues con
el balanceo del barco, incluso me llegó a parecer que la luz de fondeo iba a
pegar en el acantilado. Como vi que me estaba poniendo histérico, y que sería
imposible descansar, decidí continuar la travesía.
No
quería más sustos, así que fui meticuloso recogiendo y preparando todo, incluso
orienté el barco hacia la bocana, antes de soltar el chicote, y ver deslizar la
gaza dejando partir el barco.
Al
pasar bajo el faro, y salir a mar abierta, sentí un gran alivio, como quien
sale de la tristeza de las tinieblas, y llega a la tranquilidad de la luz. Pero
el alivio duró poco, un nuevo contratiempo me hizo exclamar “joder esto no
acaba nunca”, la luz de popa, iluminaba una nube blanca pegada al agua, era vapor
de agua que salía del escape, apenas salía agua, así que paré el motor antes de
que la cosa fuese a mayores.
Pensé
que tanto rato con el motor en marcha, en la boya, y con el agua tan revuelta,
seguro que algún plástico habría obstruido la toma. Estaba debajo del faro, no
hacía nada de viento, tendría que esperar a que amaneciese para bajar a limpiar
la toma.
La
sensación de soledad fue en aumento, las olas rompiendo contra aquella pared de
piedra negra bajo el faro, me parecían cada vez más cerca, icé las velas por
ver si conseguía mover el barco, pues estaba claro que el mar de fondo me
estaba empujando contra las piedras, pero solo conseguí que el golpear de las
velas contra la jarcia, aumentase mi inquietud. Volví a arrancar el motor, y
aceleré sin querer mirar el humo, continué hasta que comprendí que libraba la
isla, y sin mirar al humo, paré el motor, al menos todavía no había sonado
ninguna alarma.
Arrié
las velas pues solo hacían ruido, intente dormir un poco, pero fue imposible,
seguía inquieto, la espera del alba se me hizo eterna, preparé la máscara de
buceo, un cabo para atarlo a la cintura, la escalera de baño. Por fin se hizo
de día, me desnudé, me sumergí bajo el agua, allí la oscuridad todavía era
total, “no importa, iré a tientas, conozco el casco perfectamente”. De pronto,
algo rozó mis piernas, y un estremecimiento de pánico sacudió mi cuerpo, salí
precipitadamente, me golpeé la cabeza contra el casco, subí alocadamente por la
escalera, y de nuevo el corazón a punto de estallar y la respiración
entrecortada.
Comprendí
que el cabo que llevaba atado a la cintura, era quien había rozado mis piernas,
definitivamente estaba histérico, debía tranquilizarme y razonar. Antes de
volver a bajar, esperé a que la luz del sol iluminase con fuerza y cuando por
fin llegué a la toma, ésta estaba limpia, confundido pensé en lo peor, la bomba
se habría averiado. Salí del agua, abrí el compartimiento del motor, y ahora
con más luz, me di cuenta que el filtro estaba obturado por pequeñas partículas
de algas, no me explico como no lo había comprobado antes, que estupidez por mi
parte.
Era
ya avanzada la mañana, cuando tras múltiples intentos, por fin conseguí abrir
el filtro, y de improviso..., una voz por la emisora me sobresaltó,
“Guardería
Columbretes, guardería Columbretes, guardería Columbretes, aquí Barracuda,
Barracuda, Barracuda, cambio”
Me
sentí como el náufrago solitario de una isla que ve pasar un barco, solté el
filtro, cogí el micro, y cuando iba a gritar “aquí…, aquí…, estoy aquí”, sonó
nuevamente una voz,
“¿Qué
haces, estás tonto? tranquilízate de una vez”
Quede
paralizado, esta voz me resultó familiar, y no provenía del altavoz de la
emisora, había salido de todas partes. De nuevo la voz otra vez
“¿Me
has oído?”
No
podía creer lo que estaba pasando, ¿será verdad o estoy soñando?, y pregunté…
“¿Eres
tú?”
La
voz respondió con total claridad...
“¿Acaso
hay alguien más a tu alrededor? estoy aquí, siempre he estado aquí, pero tú
nunca me escuchaste, ni tan siquiera lo has intentado”
Seguía
allí paralizado, sin poder salir de mi asombro, incrédulo todavía de lo que
acontecía. De pronto la voz sonó de nuevo muy resuelta...
“¿Qué
haces ahí como un pasmado?, vamos, monta ese filtro de una vez, y despliega las
velas, que está comenzando a soplar levante”
Obedecí
sin titubear, puse rumbo al Delta, y pasamos toda la jornada hablando sin
parar, como intentando recuperar el tiempo perdido, se notaba que estaba a
gusto, y que dominaba la situación, se sentía seguro, no paró de dar órdenes...
“Abre
un poco el rumbo”
“Límpiate
la espalda, que te la has manchado de azul, con la patente”
“Allí...,
al fondo..., aquello es Peñíscola”
Ya
nunca he estado solo, siempre me acompaña, me aconseja, incluso me da órdenes,
o me grita si lo hago mal. Desde aquel día..., aunque alguien lo considere
ridículo..., os lo puedo asegurar..., a mí también me habla mi barco.
¡Ah!
Y para los que les parezca ridículo..., “no hay peor sordo que el que no quiere
oír”.
4
de Enero de 2007
José
Manuel
No hay comentarios:
Publicar un comentario