Este
puente de Todos los Santos, fuimos a la playa con Javier, Susana y los tres
petardos (apodo cariñoso de mis nietos), y hubo un hecho que me conmovió y
quiero contaros.
Conforme
nos vamos haciendo mayores, vamos teniendo el sueño ligero, así que una de estas
noches, mientras casi todos dormían, a eso de las 06:00 h, oigo a Daniel y
Álvaro, que comienzan la juerga, y antes de que la cosa vaya a más, y
despierten a todos, me levanto, voy a su cuarto, y con voz de enfado les
increpo.
“A
callar y a dormir, no veis que es de noche todavía”
El
cuarto estaba en una suave penumbra, apenas iluminado por la poca luz que
entraba de la farola de la calle, los dos pequeños se acurrucan en sus camas,
pegadas una a la otra, doy media vuelta para volver a mi cuarto, cuando uno de
ellos dice.
“Abuelo
que te dejo un ticio”
Retrocedo
y con mi voz de enfado, les vuelvo a increpar.
“He
dicho que a callar y a dormir, ¿Qué es eso de un ticio?”
Uno
de ellos, se hace a un lado de la cama, y palpando la parte que ha dejado libre,
repite.
“Men,
men que te dejo un ticio”
Derrotado,
me tumbé en aquel sitio, el otro pequeño me cogió el brazo para utilizarlo de
almohada, y al poco rato ya les oía la rítmica respiración de quien está
dormido.
Me
sentía tan a gusto, que pensé.
“No
sé si habré sido suficientemente bueno para ganar el cielo, pero Dios mío, que
difícil lo vas a tener, para hacer que en el cielo sea más feliz que ahora”
Zaragoza,
11 de Noviembre de 2007
El
Abuelo
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